domingo, 1 de noviembre de 2009

Las mujeres del puerto no sabían que tenían frío.

Las dos de la madrugada ya se habían ido al almacén del tiempo cuando Noviembre aún se encontraba encaramada al bajo sillón de skay apoltronado contra el borde inferior de la ventana. Su visión se distorsionaba cuando empañaba el vidrio con vaharadas de curiosidad depositadas en su aliento. A ratos separaba la punta de la nariz de ese muro vítreo transparente para despejar la condensación con sus manos temblorosas y así poder ver la ciudad .
Noviembre solía comparar a los coches con fumadores empedernidos obcecados por echar el humo a la cara de los edificios y creía que el aire de la cuidad salía de una gran chimenea que cubría de hollín a la gente, haciendo que sus sombras fuesen de alquitrán y su forma de ser tan oscura como la pez.
Consiguió zafarse de su propio ensimismamiento, y acariciando con sus dedos tiznados de frío y de humedad su pelo ensortijado, se dispuso a coger su anorak azul-grisáceo. Para cuando sus pies, ateridos de frío y un poco entumecidos, se volvieron a hundir en el mullido asiento, pudo observar una esquinita del puerto donde la luz de las farolas asustaba a la niebla con su resplandor amarillento. Bajo esa luz fantasmagórica pero irrevocablemente cautivadora que acogía a un par de embarcaciones salítreas, parloteaban dos mujeres. Si bien Noviembre sólo se mantenía insomme para sondear la negra noche con su mirada irisada de azabache, fue el brillo multicolor de la eclipsante pareja lo que captó su atención sin ni siquiera brindar la oportunidad de un amago de pestañeo.
Las curvas de su cuerpo destellaban al contonearse a lo largo del muelle, lanzando risas a las olas que rompían más abajo de sus tacones. A la niña las mujeres le parecían dos embudos que filtraban la noche y hacían resplanceder sus cuerpos. Fue entonces cuando reparó en la escasa ropa que portaban. No pudo hacer más que preguntarse si no tendrían frío. Un frío abismal. “Seguro que sí”, se dijo para sus adentros.
Aunque bien mirado, ninguna de las dos dejaba de caminar y cuando algún hombre se acercaba, una de ellas se alejaba para reaparecer en escena al poco tiempo, lo que ambas festejaban con efusividad. “A mí también me gustan los reencuentros”, pensaba Noviembre mientras que un reguero de inocencia surcaba sus ideas. Esos acompañantes nunca les dejaban sus abrigos, lo que ella no sabía era que las arropaban a menudo con un fajo de billetes nada desdeñable.
Sólo de pensar en las agujas gélidas que el frío debía de estar clavando en su carne desnuda, esa piel acharolada que rezumaba despreocupación hacia su deplorable estado; Noviembre salió a trompicones de su cuarto, y se puso las katiuskas azul marino antes de pasar por el ropero de su abuela, sumergida en el onírico camarote que suponía su habitación, para adueñarse de dos raídos chaquetones. Apoyando el plástico de su calzado dulcemente contra la moqueta a la que el viejo parquet apolillado había dejado paso, y cuidando de no provocar la más mínima reacción sonora, al fin consiguió girar el picaporte de la puerta de la entrada y así verse rodeada de los halógenos de rellano sin violar ni una pizca de silencio. Ya con menos tiento, descendió los nueve pisos canturreando una canción de la escuela. Al son de las aventuras de Grinco el ornitorrinco alcanzó el portal, y tan pronto salió a la calle, un viento que se le antojó recién salido del interior de la nevera, le empapó los huesos, erizó los vellos de su nuca, jugó colándose entre los nudos de su pelo e hizo brotar un castañeteo que susurraban sus dientes en la comisura de unos labios arañados por el frío. Sin más dilación, correteó contando los pasos como solía hacer con papá antes de que se hubiera marchado en aquel barco como los de las películas. A pescar, decía su abuela.
Poco tardó en ver las primeras tablillas que marcaban el inicio del viejo muelle que ya nadie solía visitar. Pero allí se encontraba Noviembre acompañada de las dos chaquetas arrugadas que sin darse cuenta había llevado a rastras gran parte del trayecto. Si su recuento no le fallaba, la separaban seiscientas veinticinco zancadas de casa. No se topó con problema alguno para divisar la radiación fluorescente que emitían aquellos dos pares de piernas. Eran como dos faros que atraían a los noctámbulos marineros para atraparlos en las redes que surcaban sus muslos. Medias de rejilla. Alambradas de alto voltaje erótico. Pero esto no impedía que los alambres de su ética ya oxidada se aflojasen cuando cualquier hombre de sus sueños (decenas cada día) pasaba a su lado, fingiendo ser algo más que un grumetillo de tres al cuarto que se aburría de contemplar con nostalgia a la niebla que ya no le devolvía la sonrisa de la misma forma que en aquellos tiempos en los que en el mar había mil ballenas. Ahora se tenían que conformar con decadentes sirenas que acallaban su sed salada, con las canciones de una ruidosa piel que escupía impetuosas carcajadas de neón.
De pronto, tuvo miedo. Se había quedado embaucada observándolas y no se había percatado de las miradas furtivas eran recíprocas. Hasta por un momento se olvidó de que hacía allí sola. Bastaron unos segundos para llenar de color su mente en blanco y decidirse a entregarles a cada una su poco lustroso chaquetón, pero que sin duda sería útil para aplacar el frío que hacía tiritar los dedos que sostenían cigarrillos a medias. La mujer de la izquierda sonrió. Mostró una sonrisa tan amarga como un café de madrugada bien cargado. Sus dientes, antaño seguramente más abundantes y ebúrneos, estaban ahora desteñidos por el humo del tabaco. Colillas incandescentes que expelían nubes de nicotina cenicienta al aire que progresivamente se hacía un poco más nauseabundo e irrespirable. Ese humo que se llevaba su felicidad, el color perdido de esa sonrisa que ya casi no recibía la luz del sol de viernes a jueves.
Tímidamente y vacilando, la asustada Noviembre, a sabiendas de que era muy tarde para echarse atrás, se vio obligada a comenzar con el intercambio de palabras.
Carraspeó.
- Traía estos abrigos porque, eh..., pensaba que tendríais un poco de frío, y... como supongo que os habréis dejado vuestras chaquetas olvidadas en casa, vuestra mamá os reñirá si agarráis un catarro, ¿sabéis?
Se miraron de reojo y no pudieron reprimir una carcajada.
- Nosotras no tenemos frío, querida. No podemos tener frío porque somos las mujeres del verano perpetuo. A nosotras, cuando queremos a un hombre, no se nos permite tiritar, sólo podemos temblar entre sus brazos. No se nos encoge el corazón, se nos recoge el bajo de la falda. No se nos pone un nudo en la garganta, se nos desata otro entre las piernas. No tenemos mariposas en el estómago, sino en...
- Para. Ya basta. Vas a hacer que la pobre niña llore.
Noviembre no comprendía nada. Sólo era capaz de entender que su aventura había sido en vano. Algo le oprimía los pulmones, y con el mentón y los dedos temblorosos dejó caer los chaquetones cerca de un charco. No los necesitarían. Era ella ahora la que sentía una brisa glacial que la invadía por dentro, que quizás provenía de las palabras de la mujer. Bajo aquel escote había algo que aún bombeaba restos de dignidad bajo cero, una mezcla heterogénea de sangre escarchada y esquirlas de arterias lamidas por lenguas de hielo.
Esa noche Noviembre descubrió que las mujeres del estío permanente se mueren de hipotermia en su aurícula izquierda. Por eso, cuando volvió a casa apresuradamente sin siquiera contar los pasos, se acurrucó bajo las mantas con su anorak azul abotonado hasta arriba del todo y las sábanas tapándola hasta la punta de la nariz. Ella no quería acatarrarse en el corazón.

20 comentarios:

  1. los catarros del corazón son los peores, es muy difícil curarlos :( hay sonrisas que los curan a medias y otras que los empeoran.

    Besos rojos!

    ResponderEliminar
  2. para ser sincera el mio no se parece en nada al de Ana y también tengo que estudiar muucho más que ella xD

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por el momentario ^^
    Ahora mismo no tengo tiempo, peero prometo solemnemente que me pasaré a leer esta entrada y... por tu blog también ^^

    Saludos de colores =)

    ..y gracias otra vez...

    ResponderEliminar
  4. Me gusta Noviembre y espero con todas mis ganas que no pille un catarro en el corazón porque son horribles.

    Mery se une a tu mundo subterraneo porque le ha gustado una barbaridad. Y promete pasarse siempre que pueda =)

    ResponderEliminar
  5. Perdón por no pasar últimamente a comentarte algo, cariño. Pero es que no he contado con mucho tiempo y tus textos son largos, así que se me haría injusto comentarte cualquier tontería con tal de dejar mi presencia por aquí. Pero prometo que, cuando la tarea me deje en paz, te leeré con mucha dedicación ¿vale?

    Muchos abrazos, my love :)

    ResponderEliminar
  6. Woo!! Que post tan largo. ero es muy bonito. Me gusta sobre todo el último párrafo, es genial lo del corazón acatarrado =)

    Encantada de haber ido a parar a tu mundo subterráneo.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  7. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  8. sinceramente,te envidio, yo, ni sin examenes y estrés por medio logro hacer obras de arte como las tuyas.

    ResponderEliminar
  9. Puede que "genial" sea una de las palabras...

    ResponderEliminar
  10. daniel garzee, chicociervo, daniel garzee
    nadie quiere acatarrarse el corazón pero en zara todavía no comercializan de esas bufandas
    ¿no?

    ResponderEliminar
  11. pues si... mejor prefabricadas... Hace tiempo fabriqué sin darme cuenta recuerdos inexistentes como tú dices y me fue muy muy mal.

    Entonces serás el pequeó muso de alguien, vaqueros desgastados y zapatillas rojas o rotas = Muso!

    ResponderEliminar
  12. Pero sí tenían frío. Tenían tanto frío como Noviembre o como yo. Independientemente de la temperatura.

    Yo creo que las mujeres del estío son las que más frío tienen, pero no se lo pueden decir a nadie. Es un secreto.

    Me ha encantado leerte, es impresionante. Te sigo (cómo no).

    ResponderEliminar
  13. Yo siempre había pensado que Noviembre era un hombre, claro que... quizás como con muchos nombres, pasa que Noviembre no tienen género definido.

    Gracias por la aclaración, ya está corregido :)

    Un saludo aéreo.

    ResponderEliminar
  14. Qué bonito.
    ¿Qué tal la entrada en Noviembre?

    ResponderEliminar
  15. hay corazones que con el salitre del puerto son más sensibles a las despedidas, más neutras a los médicamentos de recuperación de corazones rotos...

    Saludos y un abrazo.

    ResponderEliminar
  16. ¡Vaya! No se está mal bajo tierra, veo.

    Saludos desde la superficie.

    ResponderEliminar
  17. siempre hay cosas raras, solo tienes que abrir los ojos pero no tratar de encontrar nada.
    por que la magia de la vida se encuentra en cualquier sitio, pero solo es visible para aquellos que no tratan de buscarla, sin embargo esperan cualquier cosa de ella.

    gracias por pasar a miblog =) y espero seguir leyendote.

    besos!!!

    ResponderEliminar
  18. Los catarros del corazón no son nada buenos.
    Ya estoy bastante escarmentada en eso, y apartir de ahora uso bufandas para no dejar pasar el frío.

    ¿Todo bien?

    ResponderEliminar
  19. NO ME CREO QUE CON 17 AÑOS ESCRIBAS ASÍ.
    ES IMPOSIBLE
    NO ME LO CREO Y PUNTO

    ResponderEliminar
  20. es increíble comprobar como la mayoría de la gente que te a dejado comentarios en esta entrada ni se han molestado en leerlo (joder se nota de lejos) que hipócritas

    ResponderEliminar